Tú no atas; tú desencadenas

Me fui a tu encuentro;

no te encontraba nunca.

Te busqué por la duda,

por la incertidumbre,

pero jamás el misterio

te envolvió con su halo de certeza.

Tú nunca puedes dudar.

Tú buscas el sentido

dentro del sinsentido.

Y entonces me abrazas,

y toda la vida que cabe

en nuestro mundo

(que es mi mundo),

pierde su norte

mientras traza su dirección.

Tú eres ruta insegura,

camino insaciable hacia el querer.

Ese querer querer que altamente

deseo para poder caer,

ese deseo de querer que quieras

quererme ante el temor de no

volver a ascender.

Y es que tú no atas;

tú desencadenas.

A cada paso,

a cada gesto,

un ave vuelve a volar,

un clavo se desclava,

y un otoño vuelve a florecer.

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Corazón de otoño

¿Transcurren las estaciones,

o es el viento de otoño

(en mí marchito siempre),

el que reside?

¿Sucede la poesía,

o son solo versos silenciosos,

los que susurran a gritos

las palabras que mi boca no grita?

Música para poetas

Bajo este otoño ya marchitado,
tienen frío los ojos que ya no buscas.

Las hojas ya resecas
tiritan al contacto de tus manos,

y aquél viento que antes nos susurraba,

tiñe ahora las aceras con su silencio.

¿Transcurren las estaciones,
o es el tiempo,
clavado como un beso,
el que reside?

Segunda reflexión (tras un largo día de lluvia)

Cómo me gusta la libreta saturada de garabatos, y cómo me aterroriza el folio en blanco; el saber perder el norte, el no poder olvidar la carretera.

Y cómo me gusta sentir que siento a la libertad en el pecho, percibir que es mía, aunque no lo sea en todo momento.

Cómo me gusta ser, aún sabiendo que soy menos.

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Escrito en el aire

El cielo, principio de todo final inexplicable.

Las nubes teñían el cielo de toda gama de color fuego posible, y el sol, todavía inmerso en su introversión, jugaba tímidamente a disfrazarse de recuerdos (recordis), que se convertían, tras el abrazo del tiempo, en mil vientos, mares y montañas, siempre inánimes al soplo de verdad que este contenía.

Mientras tanto, el sol, asombrado por su descaro, y una vez vencida la timidez, decidió asomar su luz ante los millones de cometas y colchones de algodón que navegaban a su paso. Y se tiñó de rojo; y con su luz iluminó las mismas ciudades que más tarde iluminarían sueños, y, con ellos, el consiguiente derretimiento de unas alas de barro, ya avivadas por su calor.

Aquello a que llamamos vida se escapa de las manos; de las alas, y el aeropuerto no es más que refugio; refugio de alma de poetas; de todo tiempo pasado que, en desacuerdo con su modo, busca ser presente.

Todo está escrito en el aire.

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Nodía

Qué pasará el día en que la noche

no quiera seguir siendo día;

sed del querer, ansia de melancolía,

fuente de todo olvido.

Qué pasará la noche en que el día

no busque huir del mañana;

insaciable mendigo, duda certera,

sinónimo de todo azar.

Qué pasará cuando todo pase

sin querer que nada ocurra.

Qué pasará el día en que el día

busque a la vida;

eterna luz, incierta melodía,

presente de todo futuro.

Qué pasa,

si ya la he encontrado.

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Corazón inundado (pero en la mano)

El corazón, como las calles, también se inunda. Y, como tantas otras veces, la lluvia no es la principal causante.

Y el viento traiciona. El viento, que suele ser impulso, se convierte en huracán, arrastrando todo aquello que encuentra en el día a día (o en la noche a noche). El viento, como Judas.

Querida noche (o querido Judas):

¿Por qué te disfrazas?

Por qué juegas con la luz del día, haciendo de ella una noche. Por qué  cada paso que distingo lo borras antes de llegar a la calle. Por qué hay entradas disfrazadas de salidas y salidas jugando a ser entradas; por qué dejas de ser para convertirte en algo que no eres.

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Reflexiones de camino a casa

(Para la mujer que ahora puedo considerar mi amiga: Ale Torras).

Buscamos a menudo sin querer buscar; a menudo encontramos sin haber siquiera buscado.

¿Qué pasa, o qué no pasa?

Pasa que a veces no pasa la vida; que a veces somos sin ser, o no somos simplemente para serlo.

Pasa que después de morir vivo, decides intentar ver qué tal se vive viviendo, o simplemente intentar no morir en el intento.

La vida nos llama a gritos, y el grito, muchas veces, no llama a la vida.

El grito llama al silencio; un silencio a veces tan callado y otras veces tan ruidoso, que deja paso a la duda.

Ay, la duda, insaciable deseo de poder querer querer y no poder ver; o conocer, o buscar sin encontrar.

O quizá encontrar(se) sin haber sido buscado.