Alas

El cielo, principio de todo final inexplicable.

Las nubes teñían el cielo de toda gama de color fuego posible, y el sol, todavía inmerso en su introversión, jugaba tímidamente a disfrazarse de recuerdos; memorias que se convertían, tras el abrazo del tiempo, en mil vientos, besos, mares, mareas y montañas, siempre inánimes al soplo de verdad que este contenía.

Mientras tanto, el sol, asombrado por su descaro —y una vez vencida la timidez—decidía asomar su luz ante los millones de cometas fugaces y colchones de algodón que navegaban a su paso. Y se tiñe de rojo; y con su luz ilumina las mismas ciudades sombrías que más tarde —y tan solo durante unos minutos—iluminarían sueños, y, con ellos, el consiguiente derretimiento de unas pesadas alas de barro, ya avivadas por su calor.

Es, pues, vida todo aquello que se nos escapa de las manos para llegar al recuerdo de un vuelo anterior.

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