Confinamiento

Me resulta sorprendente —y al mismo tiempo ya lo sabía— la dificultosa facilidad con que estoy llevando estos días. A vosotros no os mentiré; a mí misma, puede —de vez en cuando es necesario—.

Durante estos últimos días me he dado cuenta de algo: mi vida o, mejor dicho, la forma en que vivía, era una mentira. Pero era dificultosamente fácil. Sí, una total ironía, pero eso no quita que no sea cierto. El caso es que cada día hacía lo mismo, pero no como lo hacen los demás; una obviedad, por supuesto. Voy a insistir en ello un poco más. Me despertaba temprano para perder el tiempo. Como lo lees; siempre he sido fan de tardar una hora en desayunar y cinco minutos en arreglarme. A continuación iba a la universidad y, por defecto, al bar, donde solía pasar los ratos libres. Música, boli, sol y libreta. What else? Por la tarde iba al gimnasio y hacía boxeo —perfecto para desfogarse, por cierto—. Dada la situación actual he tenido que comprarme un saco. Por suerte para mí, al estar en casa puedo pegar fotos —solo los de gran temperamento me entenderán—. Cada viernes y sábado salía al bar de siempre con mis amigas. Rematábamos la noche bailando. A veces la remataba del todo sola, a mitad de camino entre mi casa y una relación tan tóxica como este virus. Pandemia emocional. Tampoco penséis que era solo cosa del fin de semana. Os lo explicaría, pero me da bastante pereza.

…sorbito de vino…

Día tres antes del confinamiento: “me las piro de aquí como sea”. Día uno de confinamiento: “menos mal que me fui”. La primera semana fue como si nada estuviera ocurriendo; me dedicaba a tomar el sol, hacerme fotos y a terminar un par de libros. La segunda semana, parecida. En la tercera fue cuando noté los cambios: dejé de pensar en quien no debía y sí en quien debía prestar atención: a mi familia, a mis amigos y a mí. No sabéis lo en paz que uno se siente cuando da prioridad a aquello que le importa y, por consiguiente, a uno mismo. Lo resumiré en que dejé de salir en las fotos. En su lugar hay paisajes y luz. Y libros. Una cosa curiosa que también me ocurrió fue el hecho de irme de la ciudad sin auriculares. Me gusta imaginar cosas por la calle mientras camino escuchando música. Casi me dio un telele al ver que la realidad superaba, irrefutablemente, mi propia ficción. Pero lo dicho: sobreviví. Hace una semana llegaron mis auriculares, y no me apetece tanto soñar; quizá porque, como os he dicho antes, mi vida tal y como la vivía era tan falsa, que tenía que imaginar —con una pequeña dosis de realidad— para vivirla. Pero el hecho de que no imagine tanto no significa que no sueñe; ahora vivo deseando hacer infinitud de cosas que antes no hacía. Porque, salvo a mi familia y amigos, no echo nada de menos. Es decir, añoro a la persona, no la situación. Hablo de simples cosas como bailar como una loca frente al espejo de siempre —como sigo haciendo ahora— salir de fiesta, pero de verdad —no a Tuset, donde destacas más por cómo vistes y a quién conoces que por ser tú misma—, leer en la playa, organizar viajes con gente a quien quiero o perderme, sola.

No me gusta hacer las cosas por obligación; siempre hago lo que debo hacer, pero no en el momento que toca. Y por este motivo, este confinamiento me toca tanto la moral. Estoy obligada a escribir porque me salva, pero hay algo muy bueno dentro de todo esto: no existe el tiempo. Esta copa de vino la disfruto con mi cigarro; al son de mis palabras y el creciente ritmo del sonido del teclado. Ah, sí, he comprado un ordenador. Ya sabéis, para ser más organizada y eso. Aunque sé que siempre seré un caos perfectamente en equilibrio. Hace unas horas hablaba con una amiga sobre cómo nos está cambiando a todos. La respuesta está en que pensamos. En mi caso es un poco al revés: pienso menos y siento más. La sensibilidad que tanto he evitado está volviendo. No sé si acaba de gustarme, pero no puedo cambiar mi manera de ser. Solo puedo evolucionar —o eso es lo que me ha dicho mi amiga Mat—. Por cierto, te quiero.

Voy a dejar de escribir porque, aunque me muera de ganas de seguir, a este paso acabaré sin vino, y no me conviene. Mañana se supone que es domingo; como ayer, anteayer y hace una semana. Solía odiar ese día de la semana porque me sentía más sola que nunca. Ahora quiero vivir en un domingo constante, pero bien acompañada —y no me refiero solo al vino— 😉

Os leo.

8 Comments

  1. Um belo texto. Uma bela reflexão. O confinamento tem permitido equacionar as nossas escolhas, os nossos caminhos, as nossas atitudes perante a vida. Se toda esta provação nos tornar mais humanos, mas conscientes do nosso papel no mundo, então valeu a pena. Continue a escrever e a partilhar connosco. Cuide-se.

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