Buen fotoperiodismo —o cómo romper las barreras de la mediocridad—


No solo el fotoperiodismo está en crisis; el periodismo en su totalidad, también. Años atrás, antes de que Internet invadiera el mundo de la inmediatez para nombrarse líder, existía gran número de revistas enfocadas —y nunca mejor dicho— en la fotografía. Pero no en la que vemos hoy en día, sino en la de verdad; donde se disparaba más con el corazón que con la razón. O directamente se utilizaban ambos recursos, que a día de hoy ya parece mucho.


Hoy el fotoperiodismo está más vivo que nunca, pero hay que saber verlo. Porque, pese a tener más facilidades tecnológicas —y menos guerra— los medios no son los adecuados. Ni sabemos ver, ni nos enseñan cómo. Y tampoco nos dejan. El exceso de imágenes dramáticas, que algunos de los fotoperiodistas de la old school sigan en la carretera, que falten pies de foto… En definitiva, en la actualidad, una imagen no vale más que mil palabras. Creemos y queremos pensar que sí, pero hay que saber acogerse a la verdad del no.


Una vez superado el reto, resulta frustrante y superficial ver la realidad. Y, aunque muchas veces resulte más fácil girar el rostro hacia otro lado, la ignorancia no debe ser colectiva. Por este mismo motivo, es necesario matizar: los medios no son una mercancía. Tampoco un instrumento político al servicio de los grandes poderes financieros. Si servimos a los anunciantes, en vez de a la ciudadanía, ¿dónde queda nuestra credibilidad? Y, si todos los periodistas informamos del mismo sinsentido, ¿dónde queda nuestra capacidad crítica?


El buen fotoperiodismo es —o era— creativo, y rompía las barreras de la mediocridad. Dice Pepe Baeza que «el retrato de una estrella de Hollywood se paga más que un reportaje en el que su autor se juega la vida». Y no me extraña. Cría cuervos y te sacarán los ojos…

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El sistema educativo

Hace tan solo cinco minutos le he dicho a una amiga que quiero hacer cosas grandes, y su respuesta ha sido: ¿qué te lo impide?

No lo sé… pero es verdad. Y no me gusta no saberlo, pero me encanta poder averiguarlo.

La vida es un reto que no entiendo, pero justamente lo que no comprendo me motiva. ¿Se me dan bien los números? Absolutamente no. Y, ¿me encantan? Definitivamente sí.

Mis experiencias de la vida —justamente las que no he buscado— me han llevado por el camino de la paz mental que, para mí, es sinónimo de confianza. Aunque muchas veces se me olvide, siempre hay algo que me recuerda lo importante que es estar en sintonía.

Efectivamente, hay que fiarse del mundo; es necesario creer que se te está dando lo que necesitas en ese momento, sea bueno o malo. Y, entonces, una vez asumido, uno se da cuenta de que lo malo no existe; que únicamente está lo menos bueno.

Hace unos meses escribí que de la vida solo duele lo que no te enseña. Y, ¡qué paradoja! Lo que no tiene ni sentido ni conclusión hiere, pero justamente de eso se aprende. Porque, repito: te enseña.

Y estaría fenomenal, por ejemplo, que me aplicase estas palabras; tengo un examen mañana y estoy muy frustrada. Igual es porque me encanta la materia que, por cierto, habla de la vida. La asignatura se llama Dirección de Comunicación y, en serio, es como estudiar a las personas. Aparecen los conceptos de identidad, imagen y reputación, y soy una firme defensora de que cuanto más alineados estén y más concuerden con tu idea, más paz mental. Obviamente cuando digo identidad me refiero a la personalidad; con la imagen a lo que muestras. La reputación sería algo así como con el resultado de la fusión entre estas.

Todo muy bonito, pero qué guay… Maldito sistema educativo. Ayer lo pensaba… molaría que le dieran la opción a los estudiantes de hacer sus exámenes en dos tipos de sala. En primer lugar, en la normal y aburrida para gente cuadrada, o bien en una segunda con Ludovico Einaudi, Brahms y Mozart de fondo.

Qué bien, ya puedo describir por qué quiero hacer cosas grandes y no me atrevo: porque el sistema educativo actual me cohibe. Menos mal que no es una excusa y me esfuerzo. Pero es que solo trabajando tengo la oportunidad de crecer y de pensar más allá… Un mes en el trabajo es como un año de carrera. Interesante.

El otro día vi un tweet que decía que la universidad no era para gente inteligente, sino para gente con estabilidad mental. PUES EFECTIVAMENTE. Lo siento si te ofende, pero la universidad es para gente mediocre, y solo quienes ven más allá y esperan pacientes o hacen algo mientras se salvan. Y yo te pregunto, ¿lo ves normal? Ehhh, ¿¿hola?? NO… Es emocionante, ¿verdad? Pero, claro, si no cedes no llegas a ninguna parte…

Siempre me quedará aplicar el consejo que les doy a mis compis: “Intenta disfrutar el examen; así no te arrepentirás nunca”. Pero vaya asco que sea fruto de años de entrenamiento. Y también te digo: menos mal que me apasiona lo que hago.

(emoticono amarillo con gafas)…

El calor del amor en un bar

Ay, qué solazo. No sé por qué os hablo del tiempo —ni que estuviera en medio de una conversación incómoda—. El caso es que estoy quemadísima, y no me refiero a mi tono de piel. Estaba escuchando una de mis playlist de buenrollismo por excelencia. Tampoco entiendo su contenido, porque el título deja bastante que desear: Would I lie to you? También es verdad que soy bastante masoca, pero, vamos. Ha sonado El calor del amor en un bar y, lo dicho, me he puesto a pensar: Amor, la noche ha sido larga y llena de emoción, pero amanece y me apetece estar juntos los dos. Pues sí, bares: qué lugares. Aunque no tan gratos para conversar. ¿La verdad? Prefiero la terraza de mi casa, aunque de día las avispas vengan varias veces a visitarme. Quizá les atraigo, quién sabe. Se me está yendo la olla.

Os digo que mi primer café fue a los quince años, pero en verdad fue a los cinco. Mi madre se había pedido, en el bar de siempre, su cortado, y cuando me aseguré de que no miraba, cogí el vaso y lo probé. No sé si se dio cuenta de la acción en sí, pero, si no, debió intuirlo por mi cara, que era todo un poema. Mi primera copa fue un vodka-lima a los dieciséis, creo. Ahora no puedo ni olerlo. No sé adónde quiero llegar contándoos esto, pero algo se me ocurrirá.

…sorbito de café…

A los dieciséis me llamaban Miss Cafeína. Nunca con leche, salvo para endulzar algún que otro momento. Como la vida misma. Cada tarde, con mis amigas, un café para ponernos al día. No os lo creeréis, pero tanto su vida, como la mía, son dignas de una película. Ir a esa terraza era como asistir a la Gala de los Oscar. El caso es que cada tarde estaba “plantificada”, como diría mi madre, en un bar. Por suerte, y no sé ni cómo, en menos de un año reduje considerablemente no mis horas ahí, sino el número de amigas. Algún que otro amigo me ha soltado la típica charla que no quieres oír de que no hay que ir tanto a bares. Pues, chico, a mí me gusta, qué quieres que te diga. Se siente. Bueno, en verdad, no. Pasaron los años y empezaron a pesarme las cosas —aunque no tanto como mis ojeras—. Ahora necesito medio litro de café para despertarme y el doble a mediodía. Las copas, para el fin de semana. El calor del amor en un bar, también. Ahora soy fan del de mis amigas. Si os digo la verdad, dudo que vuelva pisar un bar tan frecuentemente —y no lo digo porque vaya a pasar mucho tiempo hasta que abran de nuevo—. ¿Conocéis la canción ¡Chas! Y aparezco a tu lado? Pues literalmente. Sí que caminaba sobre el mar, sí.

Ahora que sé qué escribir, pienso que el confinamiento es una nueva oportunidad para todos; para ponernos a prueba. Este verano lo tenía relativamente planificado. Ya me conocéis un poco. Y, efectivamente, no podremos coger un avión. A mi amiga no le mandaré la maleta a la bodega, y tampoco podrá decirme que entonces prefiere que nos sentemos las dos en bodega antes que en ventanilla; que así al menos podremos sacar una tabla de quesos y disfrutar de unos vinos. Nos entendemos porque posiblemente hubiera pensado lo mismo. Pero a pesar de la situación estoy convencida de que lograremos pasar el verano de nuestra vida —cosa que nos repetimos cada año— y que no deja de ser cierto. Me ha prometido que cuando acabe el confinamiento se instalará unos días en casa y recordaremos viejos tiempos. Hablar cada día una hora por teléfono al parecer no es suficiente. Y no me quejo. También nos veo en la playa comiendo los aperitivos chinos del año de la canica de Laura; asistiendo a mil barbacoas y obligándola a beber un poco. Laura y yo sabemos que esta vez caerá. Luego bailaremos como locas, se hará de noche y habrá una nueva peli para los Oscar. Tengo ganas de verlas y de cantar a pleno pulmón en el coche todas las canciones que Laura odia, pero sobre todo de abrazarlas y que asistan conmigo a la gala de las películas que me monto.

También hay tres locas más. Echo de menos las caras de asco de algunas y la estupidez tan perfecta que nos nace juntas. Las más locas andan desaparecidas, pero a veces se manifiestan en el chat. No las culpo porque tengo todas las notificaciones desactivadas, pero la última vez que contestaron un whatsapp al minuto envié un mensaje por Tuenti. Las quiero de todos modos. El otro día le dije a alguien que desde el confinamiento había engordado un poco, pero que también me había quitado kilos del alma. It is what it is. Y también digo que os envidio un poco a todos aquellos que no tenéis puesta la última hora de conexión. Es de las pocas manías que tienen mis padres, y que todavía me paguen la factura del móvil es todo un privilegio. Pero la he quitado esta mañana y posiblemente en cuanto lean esto volverá a estar puesta. Ya les he explicado que me sale solo pasar de la gente durante horas; que no lo hago aposta, y que, como me han educado muy bien, me da pena parecer una maleducada. Pero, o no me entienden o no quieren hacerme caso. En fin.

Ha vuelto a salir el sol y me despido.

¡Os leo!

Confinamiento

Me resulta sorprendente —y al mismo tiempo ya lo sabía— la dificultosa facilidad con que estoy llevando estos días. A vosotros no os mentiré; a mí misma, puede —de vez en cuando es necesario—.

Durante estos últimos días me he dado cuenta de algo: mi vida o, mejor dicho, la forma en que vivía, era una mentira. Pero era dificultosamente fácil. Sí, una total ironía, pero eso no quita que no sea cierto. El caso es que cada día hacía lo mismo, pero no como lo hacen los demás; una obviedad, por supuesto. Voy a insistir en ello un poco más. Me despertaba temprano para perder el tiempo. Como lo lees; siempre he sido fan de tardar una hora en desayunar y cinco minutos en arreglarme. A continuación iba a la universidad y, por defecto, al bar, donde solía pasar los ratos libres. Música, boli, sol y libreta. What else? Por la tarde iba al gimnasio y hacía boxeo —perfecto para desfogarse, por cierto—. Dada la situación actual he tenido que comprarme un saco. Por suerte para mí, al estar en casa puedo pegar fotos —solo los de gran temperamento me entenderán—. Cada viernes y sábado salía al bar de siempre con mis amigas. Rematábamos la noche bailando. A veces la remataba del todo sola, a mitad de camino entre mi casa y una relación tan tóxica como este virus. Pandemia emocional. Tampoco penséis que era solo cosa del fin de semana. Os lo explicaría, pero me da bastante pereza.

…sorbito de vino…

Día tres antes del confinamiento: “me las piro de aquí como sea”. Día uno de confinamiento: “menos mal que me fui”. La primera semana fue como si nada estuviera ocurriendo; me dedicaba a tomar el sol, hacerme fotos y a terminar un par de libros. La segunda semana, parecida. En la tercera fue cuando noté los cambios: dejé de pensar en quien no debía y sí en quien debía prestar atención: a mi familia, a mis amigos y a mí. No sabéis lo en paz que uno se siente cuando da prioridad a aquello que le importa y, por consiguiente, a uno mismo. Lo resumiré en que dejé de salir en las fotos. En su lugar hay paisajes y luz. Y libros. Una cosa curiosa que también me ocurrió fue el hecho de irme de la ciudad sin auriculares. Me gusta imaginar cosas por la calle mientras camino escuchando música. Casi me dio un telele al ver que la realidad superaba, irrefutablemente, mi propia ficción. Pero lo dicho: sobreviví. Hace una semana llegaron mis auriculares, y no me apetece tanto soñar; quizá porque, como os he dicho antes, mi vida tal y como la vivía era tan falsa, que tenía que imaginar —con una pequeña dosis de realidad— para vivirla. Pero el hecho de que no imagine tanto no significa que no sueñe; ahora vivo deseando hacer infinitud de cosas que antes no hacía. Porque, salvo a mi familia y amigos, no echo nada de menos. Es decir, añoro a la persona, no la situación. Hablo de simples cosas como bailar como una loca frente al espejo de siempre —como sigo haciendo ahora— salir de fiesta, pero de verdad —no a Tuset, donde destacas más por cómo vistes y a quién conoces que por ser tú misma—, leer en la playa, organizar viajes con gente a quien quiero o perderme, sola.

No me gusta hacer las cosas por obligación; siempre hago lo que debo hacer, pero no en el momento que toca. Y por este motivo, este confinamiento me toca tanto la moral. Estoy obligada a escribir porque me salva, pero hay algo muy bueno dentro de todo esto: no existe el tiempo. Esta copa de vino la disfruto con mi cigarro; al son de mis palabras y el creciente ritmo del sonido del teclado. Ah, sí, he comprado un ordenador. Ya sabéis, para ser más organizada y eso. Aunque sé que siempre seré un caos perfectamente en equilibrio. Hace unas horas hablaba con una amiga sobre cómo nos está cambiando a todos. La respuesta está en que pensamos. En mi caso es un poco al revés: pienso menos y siento más. La sensibilidad que tanto he evitado está volviendo. No sé si acaba de gustarme, pero no puedo cambiar mi manera de ser. Solo puedo evolucionar —o eso es lo que me ha dicho mi amiga Mat—. Por cierto, te quiero.

Voy a dejar de escribir porque, aunque me muera de ganas de seguir, a este paso acabaré sin vino, y no me conviene. Mañana se supone que es domingo; como ayer, anteayer y hace una semana. Solía odiar ese día de la semana porque me sentía más sola que nunca. Ahora quiero vivir en un domingo constante, pero bien acompañada —y no me refiero solo al vino— 😉

Os leo.

“y tiro porque me toca”

¿Es necesario jugar para que una relación funcione?

Al parecer, la moda de esta última década es no pasar de moda. Puede aplicarse básicamente en todo, pero por ahora prefiero centrarme en las relaciones. No es la primera vez —ni la décima, seguro— que me encuentro en algo que, en vez de poder llamar relación, puedo definir mejor como “La gallinita ciega” o la famosa “Oca”. Resumiendo: un jueguecito. No sé a vosotros, pero a mí el temita empieza a saturarme.

Situación: acabo de conocer a alguien. Flechazo. Le doy mi número.

Se abre el telón. Tres posibles situaciones: me escribe al instante/llamada perdida; me escribe/llama pasadas unas horas; he ligado con un fantasma. Para mi desgracia, tal y como está el panorama, escojo la última. ¿Por qué? Es sencillo, tanto en el primer caso como en el segundo, el drama empieza a caldearse. Después del primer mensaje, como no me ando con tonterías, pues respondo en cuanto puedo. Show: pasan 170 minutos y contesta. Como sigo sin hacer el idiota, respondo en cuanto puedo. Si justo estoy mirando el teléfono, pues mira, tiempo que ahorro. Otra vez: 171 minutos. Empiezo a cansarme. Transcurren los días y los mensajitos. Vaya, una cita. Todo perfecto, qué raro, ¿por qué tan dramático? Mensajito. Otro. Otra cita. Me gustas, pero, ojo, no pienses que voy a contestar en cuanto pueda; eso sí, estaré en línea mientras. Abandono. Creo que de vez en cuando se debe jugar; es interesante vacilarse mutuamente. Pero una cosa es eso, y otra bien distinta es ser cansino por no hacer nada.

Tengo la esperanza de que, tarde o temprano, a todos nos llega el momento en que buscamos no complicarnos la vida. Es tan fácil como soltar: “si te gusto y me gustas, déjate de dramas; no eres Shakespeare; si quieres que te vacile, dímelo, pero no esperes a que te interprete”.

Conclusión: la vida ya es dramática; no me compliques.