El calor del amor en un bar

Ay, qué solazo. No sé por qué os hablo del tiempo —ni que estuviera en medio de una conversación incómoda—. El caso es que estoy quemadísima, y no me refiero a mi tono de piel. Estaba escuchando una de mis playlist de buenrollismo por excelencia. Tampoco entiendo su contenido, porque el título deja bastante que desear: Would I lie to you? También es verdad que soy bastante masoca, pero, vamos. Ha sonado El calor del amor en un bar y, lo dicho, me he puesto a pensar: Amor, la noche ha sido larga y llena de emoción, pero amanece y me apetece estar juntos los dos. Pues sí, bares: qué lugares. Aunque no tan gratos para conversar. ¿La verdad? Prefiero la terraza de mi casa, aunque de día las avispas vengan varias veces a visitarme. Quizá les atraigo, quién sabe. Se me está yendo la olla.

Os digo que mi primer café fue a los quince años, pero en verdad fue a los cinco. Mi madre se había pedido, en el bar de siempre, su cortado, y cuando me aseguré de que no miraba, cogí el vaso y lo probé. No sé si se dio cuenta de la acción en sí, pero, si no, debió intuirlo por mi cara, que era todo un poema. Mi primera copa fue un vodka-lima a los dieciséis, creo. Ahora no puedo ni olerlo. No sé adónde quiero llegar contándoos esto, pero algo se me ocurrirá.

…sorbito de café…

A los dieciséis me llamaban Miss Cafeína. Nunca con leche, salvo para endulzar algún que otro momento. Como la vida misma. Cada tarde, con mis amigas, un café para ponernos al día. No os lo creeréis, pero tanto su vida, como la mía, son dignas de una película. Ir a esa terraza era como asistir a la Gala de los Oscar. El caso es que cada tarde estaba “plantificada”, como diría mi madre, en un bar. Por suerte, y no sé ni cómo, en menos de un año reduje considerablemente no mis horas ahí, sino el número de amigas. Algún que otro amigo me ha soltado la típica charla que no quieres oír de que no hay que ir tanto a bares. Pues, chico, a mí me gusta, qué quieres que te diga. Se siente. Bueno, en verdad, no. Pasaron los años y empezaron a pesarme las cosas —aunque no tanto como mis ojeras—. Ahora necesito medio litro de café para despertarme y el doble a mediodía. Las copas, para el fin de semana. El calor del amor en un bar, también. Ahora soy fan del de mis amigas. Si os digo la verdad, dudo que vuelva pisar un bar tan frecuentemente —y no lo digo porque vaya a pasar mucho tiempo hasta que abran de nuevo—. ¿Conocéis la canción ¡Chas! Y aparezco a tu lado? Pues literalmente. Sí que caminaba sobre el mar, sí.

Ahora que sé qué escribir, pienso que el confinamiento es una nueva oportunidad para todos; para ponernos a prueba. Este verano lo tenía relativamente planificado. Ya me conocéis un poco. Y, efectivamente, no podremos coger un avión. A mi amiga no le mandaré la maleta a la bodega, y tampoco podrá decirme que entonces prefiere que nos sentemos las dos en bodega antes que en ventanilla; que así al menos podremos sacar una tabla de quesos y disfrutar de unos vinos. Nos entendemos porque posiblemente hubiera pensado lo mismo. Pero a pesar de la situación estoy convencida de que lograremos pasar el verano de nuestra vida —cosa que nos repetimos cada año— y que no deja de ser cierto. Me ha prometido que cuando acabe el confinamiento se instalará unos días en casa y recordaremos viejos tiempos. Hablar cada día una hora por teléfono al parecer no es suficiente. Y no me quejo. También nos veo en la playa comiendo los aperitivos chinos del año de la canica de Laura; asistiendo a mil barbacoas y obligándola a beber un poco. Laura y yo sabemos que esta vez caerá. Luego bailaremos como locas, se hará de noche y habrá una nueva peli para los Oscar. Tengo ganas de verlas y de cantar a pleno pulmón en el coche todas las canciones que Laura odia, pero sobre todo de abrazarlas y que asistan conmigo a la gala de las películas que me monto.

También hay tres locas más. Echo de menos las caras de asco de algunas y la estupidez tan perfecta que nos nace juntas. Las más locas andan desaparecidas, pero a veces se manifiestan en el chat. No las culpo porque tengo todas las notificaciones desactivadas, pero la última vez que contestaron un whatsapp al minuto envié un mensaje por Tuenti. Las quiero de todos modos. El otro día le dije a alguien que desde el confinamiento había engordado un poco, pero que también me había quitado kilos del alma. It is what it is. Y también digo que os envidio un poco a todos aquellos que no tenéis puesta la última hora de conexión. Es de las pocas manías que tienen mis padres, y que todavía me paguen la factura del móvil es todo un privilegio. Pero la he quitado esta mañana y posiblemente en cuanto lean esto volverá a estar puesta. Ya les he explicado que me sale solo pasar de la gente durante horas; que no lo hago aposta, y que, como me han educado muy bien, me da pena parecer una maleducada. Pero, o no me entienden o no quieren hacerme caso. En fin.

Ha vuelto a salir el sol y me despido.

¡Os leo!

Confinamiento

Me resulta sorprendente —y al mismo tiempo ya lo sabía— la dificultosa facilidad con que estoy llevando estos días. A vosotros no os mentiré; a mí misma, puede —de vez en cuando es necesario—.

Durante estos últimos días me he dado cuenta de algo: mi vida o, mejor dicho, la forma en que vivía, era una mentira. Pero era dificultosamente fácil. Sí, una total ironía, pero eso no quita que no sea cierto. El caso es que cada día hacía lo mismo, pero no como lo hacen los demás; una obviedad, por supuesto. Voy a insistir en ello un poco más. Me despertaba temprano para perder el tiempo. Como lo lees; siempre he sido fan de tardar una hora en desayunar y cinco minutos en arreglarme. A continuación iba a la universidad y, por defecto, al bar, donde solía pasar los ratos libres. Música, boli, sol y libreta. What else? Por la tarde iba al gimnasio y hacía boxeo —perfecto para desfogarse, por cierto—. Dada la situación actual he tenido que comprarme un saco. Por suerte para mí, al estar en casa puedo pegar fotos —solo los de gran temperamento me entenderán—. Cada viernes y sábado salía al bar de siempre con mis amigas. Rematábamos la noche bailando. A veces la remataba del todo sola, a mitad de camino entre mi casa y una relación tan tóxica como este virus. Pandemia emocional. Tampoco penséis que era solo cosa del fin de semana. Os lo explicaría, pero me da bastante pereza.

…sorbito de vino…

Día tres antes del confinamiento: “me las piro de aquí como sea”. Día uno de confinamiento: “menos mal que me fui”. La primera semana fue como si nada estuviera ocurriendo; me dedicaba a tomar el sol, hacerme fotos y a terminar un par de libros. La segunda semana, parecida. En la tercera fue cuando noté los cambios: dejé de pensar en quien no debía y sí en quien debía prestar atención: a mi familia, a mis amigos y a mí. No sabéis lo en paz que uno se siente cuando da prioridad a aquello que le importa y, por consiguiente, a uno mismo. Lo resumiré en que dejé de salir en las fotos. En su lugar hay paisajes y luz. Y libros. Una cosa curiosa que también me ocurrió fue el hecho de irme de la ciudad sin auriculares. Me gusta imaginar cosas por la calle mientras camino escuchando música. Casi me dio un telele al ver que la realidad superaba, irrefutablemente, mi propia ficción. Pero lo dicho: sobreviví. Hace una semana llegaron mis auriculares, y no me apetece tanto soñar; quizá porque, como os he dicho antes, mi vida tal y como la vivía era tan falsa, que tenía que imaginar —con una pequeña dosis de realidad— para vivirla. Pero el hecho de que no imagine tanto no significa que no sueñe; ahora vivo deseando hacer infinitud de cosas que antes no hacía. Porque, salvo a mi familia y amigos, no echo nada de menos. Es decir, añoro a la persona, no la situación. Hablo de simples cosas como bailar como una loca frente al espejo de siempre —como sigo haciendo ahora— salir de fiesta, pero de verdad —no a Tuset, donde destacas más por cómo vistes y a quién conoces que por ser tú misma—, leer en la playa, organizar viajes con gente a quien quiero o perderme, sola.

No me gusta hacer las cosas por obligación; siempre hago lo que debo hacer, pero no en el momento que toca. Y por este motivo, este confinamiento me toca tanto la moral. Estoy obligada a escribir porque me salva, pero hay algo muy bueno dentro de todo esto: no existe el tiempo. Esta copa de vino la disfruto con mi cigarro; al son de mis palabras y el creciente ritmo del sonido del teclado. Ah, sí, he comprado un ordenador. Ya sabéis, para ser más organizada y eso. Aunque sé que siempre seré un caos perfectamente en equilibrio. Hace unas horas hablaba con una amiga sobre cómo nos está cambiando a todos. La respuesta está en que pensamos. En mi caso es un poco al revés: pienso menos y siento más. La sensibilidad que tanto he evitado está volviendo. No sé si acaba de gustarme, pero no puedo cambiar mi manera de ser. Solo puedo evolucionar —o eso es lo que me ha dicho mi amiga Mat—. Por cierto, te quiero.

Voy a dejar de escribir porque, aunque me muera de ganas de seguir, a este paso acabaré sin vino, y no me conviene. Mañana se supone que es domingo; como ayer, anteayer y hace una semana. Solía odiar ese día de la semana porque me sentía más sola que nunca. Ahora quiero vivir en un domingo constante, pero bien acompañada —y no me refiero solo al vino— 😉

Os leo.

“y tiro porque me toca”

¿Es necesario jugar para que una relación funcione?

Al parecer, la moda de esta última década es no pasar de moda. Puede aplicarse básicamente en todo, pero por ahora prefiero centrarme en las relaciones. No es la primera vez —ni la décima, seguro— que me encuentro en algo que, en vez de poder llamar relación, puedo definir mejor como “La gallinita ciega” o la famosa “Oca”. Resumiendo: un jueguecito. No sé a vosotros, pero a mí el temita empieza a saturarme.

Situación: acabo de conocer a alguien. Flechazo. Le doy mi número.

Se abre el telón. Tres posibles situaciones: me escribe al instante/llamada perdida; me escribe/llama pasadas unas horas; he ligado con un fantasma. Para mi desgracia, tal y como está el panorama, escojo la última. ¿Por qué? Es sencillo, tanto en el primer caso como en el segundo, el drama empieza a caldearse. Después del primer mensaje, como no me ando con tonterías, pues respondo en cuanto puedo. Show: pasan 170 minutos y contesta. Como sigo sin hacer el idiota, respondo en cuanto puedo. Si justo estoy mirando el teléfono, pues mira, tiempo que ahorro. Otra vez: 171 minutos. Empiezo a cansarme. Transcurren los días y los mensajitos. Vaya, una cita. Todo perfecto, qué raro, ¿por qué tan dramático? Mensajito. Otro. Otra cita. Me gustas, pero, ojo, no pienses que voy a contestar en cuanto pueda; eso sí, estaré en línea mientras. Abandono. Creo que de vez en cuando se debe jugar; es interesante vacilarse mutuamente. Pero una cosa es eso, y otra bien distinta es ser cansino por no hacer nada.

Tengo la esperanza de que, tarde o temprano, a todos nos llega el momento en que buscamos no complicarnos la vida. Es tan fácil como soltar: “si te gusto y me gustas, déjate de dramas; no eres Shakespeare; si quieres que te vacile, dímelo, pero no esperes a que te interprete”.

Conclusión: la vida ya es dramática; no me compliques.

 

La distancia

¿Necesitamos la distancia para acercarnos?

A menudo, la mejor solución para un lavado de cerebro y de corazón es la huida; no suele fallar. Pero, ¿y si en lugar de ser algo por y para nosotros, es en realidad un autoengaño?

Es curioso cómo a veces decidimos alejarnos; y todo va bien hasta que, de repente, sientes una especie de apego emocional que camuflas de sentido. Vienen los recuerdos, la nostalgia, y esa pregunta que no hay que hacerse: ¿y por qué no? ERROR.

Pensamos que ya ha pasado tiempo suficiente, que hemos cambiado y que será distinto. Pues casi. El tiempo ayuda, pero si tú también colaboras. Y aquí me viene a la cabeza el tópico de: “un clavo saca a otro clavo”; clásico que prefiero sustituir por: “cuando se cierra una puerta, se abre una ventana”. Es necesario mantenerse ocupado; y ya no hablo de entretenerse buscando esa nueva felicidad, sino de relajarse, respirar y confiar. Cuando buscas sin perseguir; sin condicionar, los astros parecen alinearse en el mejor momento: cuando uno no se lo espera.

Así que sí, necesitamos la distancia para acercarnos, pero a nosotros mismos; no a nuestra antigua versión que, aunque atrape, por algo decidimos escapar de ella, ¿no?

Mi primer whisky on the rocks

¿El motivo por el que nos cuesta tanto salir de una relación tóxica es el miedo a dejar ir a la otra persona o a quiénes éramos mientras estábamos en ella?

Hasta hace un par de años jamás me había encontrado con una situación tan agotadora como la de saber qué se quiere de manera errónea. Siempre supe cerrar lo que había dejado de ser para mí. ¿Acaso porque me proyectaba; porque cogía perspectiva y pensaba con claridad?

En estos casos el corazón juega un papel importante. Cuando algo se siente de verdad, nos resulta muy difícil escapar de ello. Pero, si también en relaciones anteriores la sentí, ¿porque al llegar la tóxica les quitó importancia y valor? El amor debería ser lo más sencillo de hacer, dar y sentir.

Si no nos convence —porque uno siempre lo siente— ¿por qué nos quedamos insatisfechos y además lo justificamos? ¿Nos tenemos miedo? Quizá se trate de química; de la adrenalina que genera el no controlar las cosas; el no saber qué o no pasará. ¿Es acaso una forma de desafiar al destino?

El caso es que una, ya cansada, comienza a dejar de dar vueltas al asunto, y se plantea diferentes cuestiones que, de no ser por la saturación, probablemente no hubiese pensado. Y no se puede negar: hay un punto muy dulce en el deseo que, al fin y al cabo, si es seguido, provoca la sensación de estar viviendo. Pero siempre permanecerá esa parte de ti que no la anhela aunque la quiera.

¿Es egoísta hacia uno mismo? Suelen decir que hay que quererse más, pero ¿cómo dejar de amar aquello que también forma parte de ti? La huida me resulta algo totalmente comprensible en estos casos. En el fondo, es una parte importante de ti la que tiene que marcharse. Igual se trata de escapar para encontrar una nueva. Aunque tengas miedo; aunque solo sea para seguir viviendo y dejar espacio a todo lo que queda por llegar y siempre estuvo.

Alas

El cielo, principio de todo final inexplicable.

Las nubes teñían el cielo de toda gama de color fuego posible, y el sol, todavía inmerso en su introversión, jugaba tímidamente a disfrazarse de recuerdos; memorias que se convertían, tras el abrazo del tiempo, en mil vientos, besos, mares, mareas y montañas, siempre inánimes al soplo de verdad que este contenía.

Mientras tanto, el sol, asombrado por su descaro —y una vez vencida la timidez—decidía asomar su luz ante los millones de cometas fugaces y colchones de algodón que navegaban a su paso. Y se tiñe de rojo; y con su luz ilumina las mismas ciudades sombrías que más tarde —y tan solo durante unos minutos—iluminarían sueños, y, con ellos, el consiguiente derretimiento de unas pesadas alas de barro, ya avivadas por su calor.

Es, pues, vida todo aquello que se nos escapa de las manos para llegar al recuerdo de un vuelo anterior.

Sendero sin camino

No quisiera dormir el corazón

con que hoy escribo;

fuente olvidadiza e inclinada hacia la pena.

Quisiera, sin embargo, poder huir del viaje sin rumbo que tan mal me encamina;

saber que la marea ha vencido ya;

aún así anclarme a ella como el dolor en mis versos.

La huida está rota; es ineficaz.

Si huyo me alejo falsamente, pues me ausento de mí.

Si permanezco, me enfrento a un dolor infinito cuyo misterio no quiero pero anhelo reconocer.

Hace ya un tiempo que el sendero dejó de ser camino;

mis pasos ya no saben en qué viento confiar.

Soledad, destierro de mi ser eres

Encuentro desleal placer en las rutas sin camino;

en los vientos desenfrenados y aturdidos

que todo y nada mueven a la vez.

 

El sentimiento me seduce como la belleza

enmudece, sin silenciar, al poeta,

mas suscita un miedo que ni mi palabra ni aliento grita.

 

Soledad, destierro de mi ser eres.

 

Halla el engaño certero que me burle,

nubla el corazón que ya bien no te percibe,

desorienta a este ser que tanto sentimiento mal siente.

 

Soledad, allá donde reside tu misterio,

belleza emerge.

Escrito en el aire

El cielo, principio de todo final inexplicable.

Las nubes teñían el cielo de toda gama de color fuego posible, y el sol, todavía inmerso en su introversión, jugaba tímidamente a disfrazarse de recuerdos (recordis), que se convertían, tras el abrazo del tiempo, en mil vientos, mares y montañas, siempre inánimes al soplo de verdad que este contenía.

Mientras tanto, el sol, asombrado por su descaro, y una vez vencida la timidez, decidió asomar su luz ante los millones de cometas y colchones de algodón que navegaban a su paso. Y se tiñó de rojo; y con su luz iluminó las mismas ciudades que más tarde iluminarían sueños, y, con ellos, el consiguiente derretimiento de unas alas de barro, ya avivadas por su calor.

Aquello a que llamamos vida se escapa de las manos; de las alas, y el aeropuerto no es más que refugio; refugio de alma de poetas; de todo tiempo pasado que, en desacuerdo con su modo, busca ser presente.

Todo está escrito en el aire.

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Nodía

Qué pasará el día en que la noche

no quiera seguir siendo día;

sed del querer, ansia de melancolía,

fuente de todo olvido.

Qué pasará la noche en que el día

no busque huir del mañana;

insaciable mendigo, duda certera,

sinónimo de todo azar.

Qué pasará cuando todo pase

sin querer que nada ocurra.

Qué pasará el día en que el día

busque a la vida;

eterna luz, incierta melodía,

presente de todo futuro.

Qué pasa,

si ya la he encontrado.

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Corazón inundado (pero en la mano)

El corazón, como las calles, también se inunda. Y, como tantas otras veces, la lluvia no es la principal causante.

Y el viento traiciona. El viento, que suele ser impulso, se convierte en huracán, arrastrando todo aquello que encuentra en el día a día (o en la noche a noche). El viento, como Judas.

Querida noche (o querido Judas):

¿Por qué te disfrazas?

Por qué juegas con la luz del día, haciendo de ella una noche. Por qué  cada paso que distingo lo borras antes de llegar a la calle. Por qué hay entradas disfrazadas de salidas y salidas jugando a ser entradas; por qué dejas de ser para convertirte en algo que no eres.

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